domingo, 31 de julio de 2011

RENATO RODRÍGUEZ: la ebriedad del equanil




Siempre se ha presentado, tal vez por razones didácticas, a los períodos de la historia de la literatura como segmentos separados y diferenciados unos de otros. Por ello la propensión de hablar de la narrativa de “los años sesenta” o “los años noventa”. Ello brinda una comodidad a la hora de hacer una exposición que aglutine a escritores de períodos cercanos, sin embargo, oculta la riqueza de matices que estos lapsos ofrecen. Un caso típico es el de Renato Rodríguez, quien con su novela Al sur del equanil, simboliza las limitaciones de una categoría temporal. Su obra narrativa, como la de casi todos los escritores sobresalientes, coexiste con cuentos y novelas de períodos anteriores, por ejemplo, la “era de Gallegos”, junto con escritores que representan el momento del Techo de la Ballena, y manifestaciones de las futuras décadas, como Francisco Massiani.

Renato Rodríguez, nació en Porlamar, Nueva Esparta, en 1927, es un autor que recorrió mucho mundo y desempeñado un sinnúmero de oficios. Es uno de los creadores más representativo de la narrativa venezolana de las décadas de los 60 y 70 del pasado siglo XX, sus principales obras son: El Bonche, Al sur del equanil, Viva la pasta, Ínsulas, La noche escuece y Quanos.

En cuanto Al sur del equanil, es un libro que se adelanta en un quinquenio a la renovación que, a partir de 1968, impulsaron, con sus textos narrativos de signo coloquial y deambular citadino, autores como Francisco Massiani, Laura Antillano, Carlos Noguera, entre otros.

El proceso de maduración de esta obra tuvo una característica que Araujo (1972:I) destaca a continuación:

“Al Sur del Equanil” es una novela de lenta gestación y de escritura trashumante. El autor comienza a escribirla en Chile (1949), sin mucha seguridad de que escribe una novela; y va a continuar escribiéndola en las estaciones de su viaje a Lima, Caracas, Francia y Alemania, hasta concluirla en 1961. Sólo se publicará en 1963.

El texto antes señalado, parte del prólogo de la novela impresa por Monte Ávila de 1972, corresponde a la segunda edición conocida de la obra, recoge una carta de Rodríguez con una exposición detallada y muy clara sobre las ediciones de esta pequeña novela de “escritura trashumante”, veamos lo que nos dice el autor:

La primera edición de “Al Sur del Equanil” no se hizo en Méjico sino en Caracas y fue distribuida por la desaparecida librería Ulises de Sabana Grande, cuyo propietario Félix Alvarado creyó en mí. La librería desapareció cuando el dueño y el dependiente Ricardo fueron apresados por la Digepol, así como el encargado, el marinero hondureño Enamorado Fuentes. La edición fue hecha a expensas de mi amigo Mauricio Odremán, a quien conozco desde 1945.
Este recorrido de la novela impidió que fuese conocida por sus contemporáneos, salvo los circunstanciales amigos de Renato Rodríguez. Tenemos que esperar hasta 1972 cuando Monte Ávila edita para el público venezolano la referida obra. No tenemos noticia de una edición posterior, lo cual convierta a la novela en una “reliquia” bibliográfica.[1] Esta es una desdichada condición para un texto de la calidad que Araujo, en el prólogo ya citado, le atribuye a esta novela.

Al sur del equanil se anticipa en casi una década a los estilos y categorías narrativas que serán comunes en las décadas de los años setenta y ochenta. Los procedimientos narrativos que utiliza Renato Rodríguez para ser “un adelantado” se reducen a tres aspectos claves: la utilización de los procedimientos escriturales de la oralidad, las reflexiones ficcionales sobre el acto mismo de la escritura/literatura (metaficcionalidad) y la matización irónica de elementos que conforman el mundo significativo de los personajes principales.

Los planteamientos de Carlos Pacheco, en lo referido a la oralidad; igualmente los aportes de Carmen Bustillos y Catalina Gaspar en lo referido a la metaficcionalidad y, por último, las ideas de Víctor Bravo y Jesús Puerta sobre los contenidos narrativos de la ironía como recurso textual, son elementos claves que permiten considerar la pertinencia o actualidad temática de un autor que ha pasado desapercibido. Sólo para nombrar a algunos de los críticos y críticas que asumieron la indagación de la renovación narrativa de esas décadas.

En fin, tenemos la obligación “generacional” de darle a la obra de este autor margariteño y, de manera especial a su novela Al sur del equanil, la trascendencia que se merece en la historia de la narrativa venezolana de los años sesenta, setenta y hasta los ochenta. Ello permitiría rescatar para futura edición y difusión una novela tan importante para la narrativa venezolana de ese período.

Resaltar las razones que justifiquen tal cometido tendrían que sustentarse en la presentación de distintos planos de estas causas. En primer lugar, sacar del olvido una novela tan significativa en la narrativa venezolana es de por sí una razón más que suficiente para evidenciar la labor de rescate que se pretende acometer.

Como se plantea en una referencia bibliográfica que se leerá a continuación, en el marco del contexto de un Congreso de Investigación literaria realizado en el país, una prestigiosa investigadora extranjera se indignaba porque no encontraba una edición de esta novela. Este es el primer plano que se ha señalado: colaborar con el rescate de una ficción importante para la comprensión de la narrativa venezolana de esa época tan convulsionada para el país, en todos los planos, desde lo económico hasta lo literario, pasando por el político.

Carlos Noguera (1997), otro gran narrador, en su afán de rendir homenaje a Renato Rodríguez, señala el viaje que como rito cumple la función paradójica de la ceremonia de cambio en la novela Al sur del equanil. Sin embargo lo que más destaca Noguera es el “olvido” en que se encuentra la obra de este autor tan importante para la narrativa venezolana, olvido que se concreta en la no re-edición de sus novelas. En una breve cronología de estas ediciones, Noguera (1997), indica que:

Hace unos meses, una amiga nuestra, extranjera, que participaba en las deliberaciones del XXXI Congreso Internacional de Literatura Iberoamericana (Caracas, junio de 1996) y había asistido a las ponencias de la mesa de algunos admiradores de Rodríguez… se dirigió a nosotros en un estado intermedio entre el estupor y la indignación… para ponernos al tanto del reclamo que había formulado ante los libreros… por haber puesto a la venta tan pocos ejemplares de las novelas del autor. (p. 11)
Noguera señala que las novelas de Renato Rodríguez han sido editadas en tiraje pequeños, artesanales, con la excepción de dos de sus obras que ha sido publicadas por Monte Ávila: Al sur del equanil y El Bonche. Sin embargo, sus novelas están agotadas y no se encuentran en casi ninguna biblioteca.[2]

Otro plano de la justificación lo configura el aporte para establecer que la coexistencia de estilos, estéticas y concepciones del mundo y la literatura es una circunstancia más normal de lo que los manuales de la historia de la literatura admiten. Este es el caso de Renato Rodríguez y su novela: iniciada su escritura desde la década de los años cincuenta, editada en los sesenta y conocida realmente a partir de los setenta. Rodríguez, no con la fortuna del caso, se anticipó a los procedimientos narrativos convencionales de los años posteriores. Hoy corresponde resaltarlo y es precisamente el objetivo de las presentes reflexiones.

Un escritor y sus “amigos”

Las obras de Renato Rodríguez presentan detalles significativos con la disposición de la confesión del vivir inmediato que expresa un mundo cercano a la crónica trepidante del deambular citadino que ya es común en América Latina y en Venezuela, en “tiempo de conversación”, con la utilización de un lenguaje cercano al desparpajo, irreverente, irónico y con un humor contestatario que va depositado en el lector los huellas ficcionales de un conflicto existencial y los solitarios ácidos de un humor que va dándose tropezones con la vida.

Para Orlando Araujo (1972), sus novelas burlan el enigma estructural con la naturalidad de un fluir descoyuntado en el cual juega un papel importante el estilo coloquial. La espontaneidad es uno de los elementos y la bobería uno de sus peligros, no siempre bien sorteados. La frescura del relato es la frescura de la vida, aun cuando sea frescura atormentada. Si los contextos de esta narración son los que señalamos, se comprende que el humor esté cargado de melancolía, de inocencia y de ternura doblegada en los rincones.

En las obras de Renato Rodríguez, prosigue Araujo (1972), el valor literario se encuentra en el desparpajo, despreocupación e irreverencia frente a la literatura formal y frente a las autoridades consagradas. Sin sátiras ni panfletos; hay burla, chiste, ironía y rabia o envidia en “escrituras desatadas” que pueden llegar hasta la ofensa.

La actitud negativa o el punto de vista de este tipo de narración (charla confesional o confidencia) ofrece estupendas posibilidades a los que tengan el coraje de no ocultar nada como en el caso de Renato Rodríguez, cuando el tema es su propia conducta y la de quienes le son más cercanos. Nada fácil porque el procedimiento coloquial, como técnica no lo está inventando y, en este caso de Al sur del equanil, es su propia inmolación literaria, es la necesidad que siente de escribir quitándose la piel.

Por otra parte, este autor le confiere a Renato Rodríguez un carácter cosmopolita, un escritor con grandes cualidades, específicamente el dominio de la lectura en alemán, francés, inglés e italiano, amén de su idioma original. Al mismo tiempo para él, es un caso insólito: escritor envidiable dotado con las galas de una imaginación inagotable, dueño de un estilo narrativo en que el humor y una vaga tristeza de existir van ganado la solidaridad del lector, hasta el punto de ir leyéndolo como si fuera él mismo el viajero y el autor. Y, sin embargo, Rodríguez parece ir renunciando en cada página a posteriores afanes y compromisos de escritura. Uno advierte la inevitable necesidad que este solitario tiene de expresar su aislamiento y simultáneamente advierte la desesperanza, la melancolía y la conciencia de inutilidad que se presenta en sus creaciones. Renato Rodríguez escribe como dejando hacer, como contando sin querer, como escribiendo para no aburrirse y aun para burlarse e ironizar las propias y ajenas escrituras.


Para Araujo el autor margariteño entrega un libro sonriente y feroz, la odisea de una soledad arrastrada a través de dos continentes y de un desarraigo doloroso que hace de los viajes fugas y de las estancias soledades. Al Sur de Equanil relata un asunto bien irónico: entre jóvenes, hay uno que no es escritor pero cree serlo, es una obra con humor sarcástico, anti-academicista, con un estilo que consiste en escribir como se habla, sin pretensiones “literarias”, a confesión del personaje.

Advierte, este crítico barinés, finalmente al lector, que la mano que escribe el primer libro aparece con madurez prematura de un escritor evidentemente formado en lecturas muy selectas. Comienza trastabillando, al punto de que un lector que no venza las resistencias de las primeras páginas conservará una impresión de torpeza o de simplismo que se borrará y tornará en entusiasmo a medida que se avance en la lectura de uno de esos libros que el lector no suelta hasta concluirlo.

Otra escritora, como es el caso de Maruja Dagnino (1997), en la Revista Imagen, expresa el siguiente criterio

Renato Rodríguez: Después del Equanil, abandona la clandestinidad con sus dos obras “Insulas” y “Quanos” y conserva de cerca una novela imposible sobre su propia vida. “Al Sur del Equanil”, según su autor, es una novela ácida y si se quiere grosera que merece calificativos amargos ya que su narrador mantiene una conducta hostil e inconforme de allí que no se exprese atendiendo al uso de la gramática. (p. 5)

Renato Rodríguez, entrevistado por la misma Maruja Dagnino (1997), informa sobre el origen del nombre de la novela:

El nombre inicial de la novela era, “Al Sur del Ecuador” ya que fue escrita cuando viajaba a Chile y a Ecuador pero ciertamente el día del Carupanazo, mientras celebraba la caída del gobierno junto con sus amigos escritores, Salvador Garmendia, Caupolicán Ovalles, Efraín Hurtado, entre otros, éste último le preguntó por el nombre de la obra que estaba escribiendo para ese momento y como estaba un poco ebrio se equivocó y dijo “Al Sur del Equanil” y Salvador Garmendia, que también está ebrio, expresó ¡Qué vaina tan buena!
De allí que, se corrió la voz de que la obra que había escrito estaba aprobada por este gran representante de la literatura venezolana, fue así como tuvo que hacerles cambios que justificaran el nuevo título de la obra.
Llama la atención la condición de la atmósfera especial de “la ebriedad del equanil” que tiene el nombre de la novela inicial y los pequeños detalles que esconden las circunstancias que la gran historia a veces no transparenta. En este caso, la autora resalta un aspecto importante de la temática de la novela objeto de estas consideraciones: el sentido corrosivo de los elementos humorísticos, que están allí para acentuar la tragedia del personaje central en su relación con la literatura.

En otro contexto, José Ramón Medina (1983) refiere que:

Renato Rodríguez, en su novela “Al sur del Equanil”, ha alcanzado un notable desarrollo innovador en la exploración de las zonas temáticas antes tabuadas, en los tratamientos estructurales y en la forja del lenguaje y oralidad. (p. 316)
Medina sostiene que la literatura de Rodríguez tiene como elemento positivo el de incorporar plenamente a la ciudad, con sus personajes y sus procesos alienantes, en la narrativa venezolana de la década de los sesenta.

Por otra parte, Rafael Rattia (2000), en relación a La noche escuece, plantea que:

La narrativa de Renato Rodríguez es la fiel réplica de una vida nómada, inquieta y azarosa. Escritura de la nocturnidad; bares, prostíbulos, andurriales urbanos, vividuras bucólicas que sazonan la hiriente realidad de todas las ciudades que han marcado la piel de una conciencia que no experimenta sosiego ni siquiera en los estados de sueño. (p. 3)
Tal vez el motivo más cercano a la existencia de este autor desenfadado es la certeza de que todo lugar (todo país) es igual a cualquier otro, existe la misma escoria reinando por doquier. Rodríguez es inagotable, establece Rattia, en su imaginación, logra crear un mundo ficcional en donde oscuras psicologías filosóficas se debaten con ideas domésticas muy puntales y concretas. Este crítico piensa que Al sur del equanil es una joya de la literatura venezolana e hispanoamericana, obra en donde el desarraigo y el absurdo se tienen como condiciones existenciales de los personajes que habitan los mundos elaborados por el autor.

Por último, deseamos presentar las consideraciones de otro escritor, en este caso más joven, quien ofrece una visión sobre Renato Rodríguez desde la perspectiva de una generación de narradores más cercana en el tiempo, se trata de José Roberto Duque (1997), quien en su texto “El desarraigo también escuece” brinda sus reflexiones a raíz de la publicación de Ínsulas. Veamos más detenidamente esta opinión importante:

En este fresco relato –o más bien ensamblaje de relatos— el volver sobre sí mismo no pasa de ser una de las muchas trampas que nos tiende este autor acostumbrado a la burla despiadada. Víctimas de esa vocación de vacilador irrefrenable hemos sido sus lectores, la religión, la historia, la literatura y, quizá más que nadie, él mismo. (p.16)
Se repite un señalamiento que es clave en la comprensión cabal de la obra de Renato Rodríguez: la necesidad de burlarse –mediante los mecanismos corrosivos del humor y la ironía-- de los poderes y convenciones cotidianas del mundo que le tocó vivir. Es notable señalar que José Roberto Duque, quien es un narrador representativo de la década de los noventa, mantenga una emoción juvenil al acercarse a los textos de un escritor de años anteriores. Es resaltante esta circunstancia.

Una labor de rescate

En fin, alcanzar la densidad estética y la madurez estilística en sus narraciones para lograr comentarios tan favorables como los que se han señalado aquí, procediendo estas observaciones de autores disímiles, con concepciones diferentes y edades diversas, nos permite tener una idea del inmenso vacío que se ha producido en nuestras letras ante la omisión resaltar el lugar que le corresponde a este narrado margariteño en el contexto de la narrativa venezolana del siglo XX. Si alguna colaboración puede ofrecer estas reflexiones es contribuir a resarcir desafectos o descuidos imprudentes.

Quisiera terminar esta suerte de homenaje con la voz del autor, con las palabras del propio Rodríguez. Transcribo parte de una entrevista que se le hizo al autor por un grupo de escritores venezolanos, entre ellos, Hugo Achugar, Sergio Dahbar, Antonia Palacios, Gabriel Reig, entre otros. En esta entrevista nuestro novelista afirma, en un balance de su creación, su condición de escritor:

Renato Rodríguez: Cuando publiqué “Al sur del equanil”, en el año 1963, recibí garrotazos que daba gusto, de todos, de toda clase. Después cambió un poco la opinión porque se enteraron algunas personas de que a Juan Rulfo le había gustado el libro. Y no cambiaron mucho, sino hasta cierto punto. (…)
Gabriel Reig: O sea que usted es un marginado a propósito.
Renato Rodríguez: Bueno, no tanto como un marginal. En el plano personal quiero valer como individuo, pero desde un punto de vista literario, quiero que mi obra corra por su cuenta. (Hugo Achugar, 1997, p.21)

En San Diego, revisada en diciembre de 2003 pero gestada en los albores del presente siglo

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Bibliografía

Achugar, H. (1997) Cita con Renato Rodríguez: la temática del autobús. Publicado en la Revista Imagen, Número 100
Araujo. O. (1972), Narrativa venezolana contemporánea, Monte Ávila, Caracas, Venezuela.
Bustillos, C. (1995). En ente de papel, Vadell Hermanos. Valencia, Venezuela.
Dagnino, M. (1997) Las islas de R R. Publicado en la Revista Imagen, Número 100
Duque, J. R. (1997) El desarraigo también escuece. Publicado en la Revista Imagen, Número 100
Gaspar, C.
(1996), Escritura y Metaficción. Anauco, Caracas, Venezuela.
(1991), La Lucidez Poética, Autorreflexibilidad y Poética en la obra de Roa Bastos, Cortázar, Borges y Meneses. Fundarte, Caracas, Venezuela.
Medina, J. (1991), Noventa años de literatura venezolana. Monte Ávila. Caracas, Venezuela
Noguera, C. (1997) La soledad del corredor de fondo. Publicado en la Revista Imagen, Número 100
Pacheco, C. (1992). La Comarca oral. 1ª ed. Anauco. Caracas, Venezuela.
Puerta, J.
           (1991), El humorismo fantástico de Julio Garmendia. Gobierno de Carabobo, Valencia, Venezuela.
             (1998), Modernidad y Cuento en Venezuela. Print C.A., Valencia, Venezuela.
Rodríguez, R.
(1963/1985). Al sur del Equanil (novela) (edición revisada por el autor). Caracas: Libro Raro. (Primera edición 1963).
(1976). El Bonche (novela). Caracas: Monte Ávila Editores.
(1984). ¡Viva la pasta! o Las enseñanzas de Don Giuseppe (novela culinaria o culinovela). Caracas: Libros Raro.
(1985). La noche escuece (novela). Caracas: Libros Raro.
(1996). Ínsulas (novela). Caracas: Fundarte.
(1997). Quanos (cuasi novelas). Caracas: Monte Ávila Editores.

[1] Con ocasión del Premio Nacional de Literatura a su autor, Monte Ávila la reeditó en el año 2004. Estas notas corresponden a un período anterior, decidí dejarla de esa manera para ser fiel al momento en que se gestó.
[2] Disculpe el lector la insistencia en este aspecto que tenía plena validez en la década de los 90 cuando se realizó la investigación, de alguna forma el Premio Nacional de Literatura y las reediciones de sus novelas más importantes, incluyendo la que es objeto en estas reflexiones, resarcen la mora intelectual que tenía el país con su autor.

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